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El abogado

Siempre me preguntan cómo fue mi primer juicio. Fue en Arganda del Rey. Y se dictó sentencia condenatoria in voce. La sensación de que en tu primer juicio salga sentencia a tu favor, y a su vez en el mismo momento, es gratificante. En cualquier caso, el primer juicio constituye el “bautismo” en la abogacía y la mayoría lo recordamos de forma especial.

Cuando se abre la puerta de la sala —a veces con retraso, otras en hora— y entran los asistentes, ¿qué siente un abogado? O, siendo más precisa, ¿cuál es mi sensación?

Siempre existe una adrenalina, combinada con seguridad, firmeza y responsabilidad inmersos en la defensa. Los pasillos de los juzgados son “testigos” de idas y venidas de quienes allí trabajan, de gente esposada que acude a declarar, de matrimonios que se han roto, de personas que guardan la espera con inquietud o tranquilidad antes de entrar a sala, donde se enfrentarán a un duelo que ha de juzgarse de la forma más justa posible.

Estar a las puertas de sala, en espera, en muchas ocasiones también hace llenarte de experiencia y conocimientos, contactar con otros compañeros, observar el entorno y curtirte de pequeñas cosas que al final van sumando en el día a día. La experiencia es el mejor maestro no solo para el letrado, sino para cualquier profesión y para la propia vida.

Porque un abogado nunca termina de aprender. Las leyes cambian y no siempre permanecen. Se derogan. Nacen. Otras mueren. Te hace ser frío y alegar los argumentos que vas a defender de una forma razonada y explícitamente argumentada.

Durante la trayectoria de la abogacía hay momentos para todo. Hay esfuerzos y horas que se exprimen al máximo con el fin de conseguir el éxito. Hay dedicación. Y existe una sensación de satisfacción cuando tu cliente está contento con tu trabajo y cuando, además, has conseguido la forma más justa de solucionar su asunto y a la vez el tiempo dedicado es fructífero.

Entre las prisas y los plazos, en un Juzgado cargado de pleitos, de tareas por hacer, siempre hay hueco para quien acude con el objetivo de un refuerzo y una solución, y siempre de la mano de una vocación fundamentada en perseguir la justicia, en poner el máximo empeño en alcanzarla y en llegar a la meta después del recorrido.

La mejor forma de afrontar un caso es tratándolo a fondo, en profundidad. Un buen aliciente es encontrar motivación en el día a día dentro de una profesión que has escogido y a la que te dedicas en plenitud.  Y la receta a tener en cuenta es aquella en la que no falten grandes dosis de profesionalidad combinadas con el resto de “ingredientes”.

Porque ejercer la abogacía implica estudiar un asunto como si fuera propio —aunque tratándolo como ajeno—, involucrarse con el cliente y llevar su procedimiento de forma exhaustiva. Aportando confianza y seguridad. Ejercer la abogacía y asistir a juicio es ejercer la profesión sabiendo que entrar en sala es “abrazar” la incertidumbre. Es esperar una sentencia. Esperar una decisión para tu cliente.

En una ocasión, a las puertas de la sala de juicios, había un compañero con su cliente. Éste explicaba a su abogado las difíciles circunstancias a las que le tocaba enfrentarse. El compañero se mantenía frío y profesional. Le hablaba de la ley y de la justicia. Le preparaba para el juicio que se iba a celebrar y, de vez en cuando, le consolaba con palabras de ánimo y acompañamiento, sacando el lado humano que todos tenemos bajo la toga. Entonces me convencí de que defender la justicia y apostar por ella exige un lado profesional muy rígido y constante, pero también de que, muchas veces, somos el consuelo de aquel que está nervioso antes de un juicio o de que somos los ojos que ven la impotencia, la histeria, la incomprensión o la conformidad.

Elegir el ejercicio de la abogacía es elegir la lucha por la solución más justa. Supone implicarte a fondo en un asunto, dar sentido a la profesión, llenarla de contenido y luchar por que quien está en “tus manos” quede satisfecho, quede respaldado e informado de todo.

Al abogado debe acompañarle una fuerte responsabilidad, objetividad, implicación, precisión y prudencia en los plazos determinados, dedicación a un cliente que vive una situación y unas circunstancias, cualesquiera que sean. Y, aunque para el Juez o el abogado pueden resultar frecuentes y diarias, cada una es única y diferente.

Trabajo, constancia y horas, son las “armas” aliadas del profesional, quien muchas veces se encuentra entre montañas de documentación y expedientes, notificaciones, señalamientos, responsabilidad, llamadas…  Dentro de todo eso, siempre dejando el hueco para estar disponible hacia el cliente interesado.

Un compañero me dijo una vez: “yo elegí ser abogado, porque no creía en la justicia y fui a perseguirla”. Curiosa contradicción. (Espero que haya conseguido no solo perseguirla, sino también alcanzarla).

Es cierto que, a lo largo de mi aún corta y joven trayectoria como abogada ejerciente, me encuentro con situaciones varias, y de todas ellas exprimes algo que te hace crecer a nivel profesional y o personal. Lo importante es sumar. Nunca restar.

Lo que la toga esconde: el abogado profesional y el abogado humano
Natalia Medina

Un artículo de Natalia Medina

En la actualidad es abogada ejerciente en DJV Abogados. Licenciada en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid en el año 2009 y Licenciada en Derecho en junio 2015, ha desarrollado su carrera en el gabinete de prensa de IFEMA, en MG Legal Abogados y en G2 Abogados dentro del área de derecho civil y laboral mientras colaboraba en la redacción del blog jurídico. Asimismo, trabajó durante tres años en el despacho ABA Procuradores, en el departamento procesal/civil con responsabilidad en la tramitación de procedimientos.


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